Vicente Massot (1952, Filipinas) no esquiva la polémica. Invitado por la Fundación Federalismo y Libertad para disertar junto al historiador Luis Alberto Romero (hoy a las 18.30 en el Sheraton), el director de “La Nueva Provincia” (Bahía Blanca) habla con naturalidad de “la decadencia argentina”. El empresario y ensayista, que vino a Tucumán para presentar su libro “Los dilemas de la Independencia”, analizó el presente y el pasado en una entrevista, y dijo que Argentina carece de instituciones fuertes. También se refirió a su condición de imputado por crímenes de lesa humanidad y comentó que tres instancias judiciales distintas le dictaron la falta de mérito. Definió: “es una causa armada”.
-¿Cuáles son los dilemas de la Independencia?
-Los hombres que formaron la elite dirigente del ex Virreinato del Río de la Plata transitaron un proceso independentista jalonado por más dudas que certezas. Fue una generación que nunca terminó de ponerse de acuerdo respecto de lo que quería, lo cual significa, desde mi punto de vista, poner en tela de juicio la idea de que los Saavedra, los Laprida, los Anchorena y los Moreno sabían que estaban forjando una nación en 1810 y 1816.
-Esta mirada va en contra de la historia que contaron Bartolomé Mitre y sus contemporáneos...
-Obviamente. Mitre tiene una cosmovisión teleologista de la historia: es decir, lo que sucedió debía suceder y el destino manifiesto de la Argentina era ser una democracia republicana. Es un historiador formidable, pero yo particularmente creo lo contrario. Nada estaba escrito y no había un destino manifiesto de antemano. Esto, por supuesto, no implica de ninguna manera restar mérito a lo que ocurrió en Tucumán y en Buenos Aires en 1816 y en 1810. Simplemente se trata de considerar cómo se construyó la nación, muchas veces a pesar de sus artífices.
-¿Los dilemas provienen de la ambigüedad de un Gobierno provisorio que en los papeles sigue jurando lealtad a Fernando VII?
-¿Autonomía o independencia? ¿Autonomía dentro del Imperio Español o independencia del Imperio Español? Esta es la primera divisoria de aguas. Segundo dilema: ¿federalismo o centralismo? Tercer dilema: ¿monarquía o república? Cuarto dilema: ¿diálogo con Fernando VII o alianza con Gran Bretaña? Insisto en que no hay posiciones unánimes ni un plan forjado con anterioridad: el proceso es errático.
-Usted habla de una dirigencia que no sabía lo que quería. ¿Es la situación del presente?
-La elite dirigente del siglo XIX era muy ilustrada...
-¿La de hoy no?
-No le quepa ninguna duda. Por lo pronto no existe una posición más o menos unánime sobre qué es lo que necesita Argentina para volver a ser lo que fue. Si uno coloca un tope en 1940 encuentra que nuestra nación estaba entre las diez del mundo en términos económicos, sociales y educativos. Ello es la síntesis y el compendio de un fenomenal éxito colectivo. La Argentina del presente es la síntesis y el compendio de un gran fracaso colectivo. Porque de 1950 hasta la fecha, la Argentina no hizo más que decaer. Estamos en problemas porque no disponemos de políticas de Estado básicas y porque discutimos todo. No discutimos el sistema métrico decimal porque es imposible hacerlo.
-¿Qué influencia asigna al Peronismo en su definición de la actualidad?
-El Peronismo es el inicio de la decadencia argentina, que aún no tiene fin. Pero no se puede cargar en su mochila todas las culpas. El antiperonismo o no peronismo gobernó el país entre 1955 y 1973. Vemos fracasos tras fracasos: fracasan el Peronismo y el antiperonismo, fracasan los gobiernos civiles y, también, los militares. Si bien esto es políticamente incorrecto, lo cierto es que el retorno de la democracia no trajo demasiados beneficios: no porque sean buenos los gobiernos militares, sino porque el fracaso compete a todos.
-Usted está involucrado en la revisión judicial de los años 70. ¿Qué conclusiones extrae de esa experiencia?
-Diría que es una demostración cabal de hasta qué punto Argentina no puede sacarse de encima sus pecados: no es capaz de dar vuelta una página y mirar hacia adelante. La guerra civil que asoló la Argentina en los años 70 no es inédita: muchas naciones las sufrieron en la misma época y con mayor intensidad. Sin embargo, 40 años después seguimos en una suerte de guerra civil ideológica explícita que no solamente tiene un componente judicial. Parece que no somos capaces no de olvidar lo que sucedió sino de superarlo. Tenemos taras que nos juegan en contra y no a favor. La guerra siempre es un horror, pero muchas veces resulta inevitable porque somos seres humanos. Si uno supone que la política es consenso, se equivoca. También es conflicto, y hay amigos y enemigos.
-La Justicia Federal, sobre todo la porteña, ha encontrado un nuevo centro de interés: la corrupción del Gobierno anterior. ¿Qué se puede esperar de este fenómeno?
-La Argentina no tiene instituciones o, más bien, tiene instituciones débiles. Son continentes sin contenido: las mentamos, sirven para decir que existen en los discursos, pero aquí se desconoce el rule of law anglosajón (equivalente al Estado de derecho). La falta de independencia de la Justicia del Poder Ejecutivo explica la decadencia argentina y la inseguridad jurídica. Los jueces obran a los bandazos, en una deriva que sigue al viento que sopla: ahora se pliegan al macrismo, pero antes fueron kirchneristas, duhaldistas, delarruístas y menemistas. En la medida en que el nombramiento y la remoción de los jueces sea fundamentalmente patrimonio de la clase política, en la Argentina no habrá independencia judicial ni república. Tenemos una democracia imperfecta, con cero republicanismo, poco de representativa y nada de federal.